Existe un término ignaciano que nos ayuda a comprender este fenómeno de la inadecuada gestión del tiempo familiar: los afectos desordenados. Cuando hablamos de estos nos estamos refiriendo a una fuerte inclinación hacia algo (cosa, persona, lugar o actividad) que polariza nuestras energías y nos reclama nuestra atención y nuestro tiempo, beneficiando de forma secreta nuestro “propio amor, querer e interés” (Ejercicios Espirituales 189) y nos aleja del proyecto que Dios creó para nuestras vidas, que en este particular nos centramos en el matrimonio y la familia. (Leer artículo)
En la década del 50, el colegio Baldor celebraba la culminación de otro curso. En esta ocasión en un teatro, además de que se trasmitía por la incipiente televisión. El general Loynaz era invitado permanente a dichas celebraciones. Anciano agradable, el director lo reservaba para que colocara las medallas a los estudiantes más sobresalientes. Una niña de primera enseñanza, que generalmente ganaba las distinciones por disciplina, al demorarse la fila de estudiantes le dio pena ver aquel venerable viejito sin que nadie se le acercara y decidió hacerlo. El General sonrió y cruzó durante un segundo una mirada con el director quien le hizo un gesto de asentimiento. Luego supo el porqué de aquella vacilación: no le correspondía que el antiguo mambí la condecorara. (Leer artículo)
Quizás alguien piense que es difícil enlazar el tema de la exclusión con la Navidad, un hecho de amor hacia toda la humanidad, con la realidad tan cruda que enfrentan los grupos de personas que actualmente son excluidas. Pues a través del nacimiento de Jesús en un establo, verbigracia de la exclusión que sufrieron María y José, cuando nadie pudo ofrecerle nada mejor a la futura Sagrada Familia con el pretexto de no haber sitio en la posada. (Leer artículo)
En el tiempo de la gracia te escucho, en el día de la salvación te ayudo. Pues mirad: ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el día de la salvación.
(2 Cor 13,12)

